Allí estaba yo -con el alma destrozada-, cansado, triste, lleno de coraje a mí mismo.
Allí estaba ella -con el corazón radiente-, fresca, alegre, abrazada a Él.Y allí estaba él -con ella en sus brazo-, orgulloso, enorme, burlándose de mí.
Cuando ya no pude soportarlo más me levanté, comencé a andar y crucé la calle. Pero al llegar al otro lado ella lloraba y se jalaba los cabellos. Él por su parte, tenía el rostro cubierto de miedo. Estaba blanco y no podía sostenerse en pie.
Me acerqué a ella y le pregunté qué pasaba, pero me ignoró y continuó llorando sosteniendo algo entre sus brazos que no distinguí. Entonces quise abrazarla y no pude. Y la gente comenzó a reunirse alrededor nuestro, señalando y susurrando. No sabía lo que pasaba.
Comenzó a oirse el ruido de las sirenas y las ambulancias llegaron en el acto. Los enfermeros corrieron a nosotros. Sólo entonces comprendí la verdad.
Allí estaba el auto -con las llantas lisas-, negro, pesado, con el capó y la defensa abollados.
Allí estaba Aquel -llorando también-, blanco, solo, abrio, con la billetera en la mano.
Y allí estaba yo -con el cuerpo destrozado-, rojo, frío, muerto.
